Por Pablo Eisbruch.

Con el debido permiso a los grandes expertos en la temática, comienzo este artículo con la intención de compartir algunas reflexiones ligadas a las neurociencias y su impacto en la educación.

Desde ya que no forma parte de mi intención, ni de mi conocimiento, acercarme a hablar de cuestiones técnicas y con vocabulario científico, sino más bien reflexionar sobre el potencial impacto que pueden tener los avances en el mundo de la educación.

La neurociencia probablemente representa, hoy en día lo que fue la biología, la química o la física hace siglos.  Los grandes avances tecnológicos permitieron a la ciencia encontrar enormes respuestas (o preguntas) sobre nuestras mentes y cerebros. Este último es, según biólogos especialistas, “el sistema más complejos de todo el universo”.

El recorrido de las investigaciones llevó, entre otras cosas, a muchas conclusiones sobre procesos como la atención, la percepción, la memoria y el aprendizaje, si es que podemos separarlos. Todos los que somos docentes y/o estamos involucrados en los procesos de enseñanza y aprendizaje, sabemos que estas palabras son denominador común cuando pensamos en un grupo de estudiantes, incluidos nosotros en nuestra inmensa tarea de dar ejemplo aprendiendo constantemente. ¿Cuantas veces nos preguntamos por qué a una persona le cuesta aprender más que a otro o por qué nuestra atención modifica según lo que estemos trabajando, o hablamos sobre la inteligencia según el género, etc, etc.? Parece ser que algunos especialistas están llegando a respuestas científicas. Sin embargo, es necesario que podamos pensar con criterio sobre el verdadero uso que le podemos dar a esta información que va circulando.

En particular, quisiera partir de un concepto que considero de los más relevantes para nuestra tarea: la neuroplasticidad. Esta es una propiedad del sistema nervioso que le permite adaptarse continuamente a las experiencias vitales. Tal como lo indica su nombre, nuestro cerebro es tan plástico y flexible que puede cambiar su estructura de forma significativa a lo largo de toda la vida. Las experiencias modifican nuestro cerebro continuamente, fortaleciendo o debilitando las sinapsis que conectan las neuronas. Este proceso es, básicamente, el aprendizaje y se puede producir a cualquier edad. Esto es una base que todos deberíamos tener, ya que demuestra que todos podemos mejorar, seguir aprendiendo y potenciando nuestro ser. La neurociencia demostró que existe una gran influencia de los factores ambientales externos, entre los que se destaca la educación.

Una pregunta para hacernos es cómo concebimos la inteligencia. Encontramos muchísimas referencias en cuanto al tema. Probablemente, lo primero que surge es el concepto desarrollado por Gardner acerca de inteligencias múltiples. Hoy ya es prácticamente un hecho pensar en que hay distintos tipos, como el autor lo plantea, y que radica en nuestra capacidad el desarrollar la singularidad de cada una de las personas. No es tarea fácil, pero hoy en día es importante abarcar la singularidad. Descubrir a cada sujeto, distinguirlo, encontrar su elemento.

La inteligencia es dinámica. Según Robinson, es un proceso de tener ideas originales que tengan valor y casi siempre ocurre a través de la interacción de cómo “ven” las cosas las distintas disciplinas.

Otras definiciones hablan de la capacidad de transferir los aprendizajes a otras situaciones, inmersas en otros contextos. En suma, considero a la inteligencia como la capacidad de asociación. La posibilidad de unir ideas y experiencias en pos de desarrollarnos.

Volviendo al concepto de neuroplasticidad, es importante tener en cuenta en que la importancia de seguir desarrollando a nuestro cerebro radica en la posibilidad de desenvolver sujetos más críticos y pensantes. Hablábamos en el artículo anterior del desafío que tiene la educación de enseñar a pensar. Existe un modelo de aprendizaje desarrollado por Lombardo y Eichinger, basado en investigaciones. Básicamente afirma que una persona emplea aproximadamente un 70 por ciento del tiempo en desarrollarse gracias a las experiencias compartidas, resolución de problemas, tareas, actividades vivenciales, etc. Un 20 durante los procesos de observación del entorno y un 10 en la lectura o en la clase misma. Este es un enfoque interesante para tener en cuenta a la hora de planificar nuestros espacios pedagógicos, ya que nos da la pauta que deberíamos generar espacios experimentales más profundos.

El cerebro actúa como un músculo que cuando más actividad tiene, más grande y complejo se vuelve. Lo que vamos haciendo con nuestra vida, cambia literalmente nuestro cerebro, que va cambiando su cableado constantemente. Les comparto un video muy interesante sobre los procesos de aprendizaje y la posibilidad de crecer: https://www.youtube.com/watch?v=MFzDaBzBlL0

Ahora bien, ¿Cómo podemos hacer para colaborar a seguir desarrollando el potencial humano, teniendo en cuenta esta información que nos brinda la ciencia?

Tendríamos que encontrar como bajar al campo todo esto, teniendo en cuenta los intereses que traen las personas. La ciencia nos habla de mayores aprendizajes a través de experiencias, imágenes, animaciones y narraciones combinadas con palabras y la oralidad. Sería importante incorporar a nuestras clases situaciones que aporten a desarrollar el potencial de cada sujeto, pensando no sólo en la temática que toca trabajar sino pensando en ver cómo se puede enseñar los contenidos que creemos necesarios a partir de sus intereses, colaborando con contextos que faciliten estos aprendizajes.

Por momentos, es muy sencillo ponerse a escribir sobre estas cuestiones, y hasta parece entusiasmar. El problema radica en el día a día escolar y en que lo urgente suele sobre valer sobre lo importante. Será un proceso largo el generar un cambio que venga directamente desde los diseños curriculares, pero nunca es tarde para hacerse protagonista de sus propias prácticas.

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Pablo es director de Pegmata, una consultora especializada en acompañar y asesorar equipos de conducción de instituciones educativas en su desarrollo.

Se puede acceder a más información desde su página web (www.pegmata.com.ar) o llamando en la dirección de mail pablo.eisbruch@pegmata.com.ar 

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