El futuro ya llegó y está sucediendo: ahora la automatización se mete con abogados, médicos, contadores. Ya no sólo los empleos fabriles. Ya no sólo los empleos rutinarios o los que demandan calificaciones menores.

Ahora, también en riesgo, las profesiones liberales a las que históricamente aspiró la sociedad argentina para consolidar su aspiración de clase media. Sí, el núcleo duro del viejo sueño argentino de movilidad social centrado en una educación esforzada que lleva hasta la universidad para seguir las carreras con una historia probada de prestigio enfrenta hoy el riesgo de su desaparición tal como lo conocemos.

El punto lo deja bien claro un nuevo libro que se acaba de publicar, The future of the professions. How technology will transform the work of human experts, de Richard Susskind.

La violenta reconversión actual del mundo del trabajo acorrala a los sistemas educativos en uno de sus objetivos clave: trazar puentes hacia el mundo de la vocación profesional y más adelante, el pleno empleo. ¿Qué enseñar hoy que tenga relevancia en un entorno con semejantes discontinuidades? El diálogo entre educación y trabajo futuro está interrumpido.

¿Cómo reconstruir esa relación entre educación y trabajo? Las respuestas no son obvias y hay contextos que las hacen más difíciles. A la Argentina me refiero. Y por varias razones. Quiero señalar dos.

Primero, porque aquí los desafíos del siglo XXI, con sus disrupciones tecnológicas, se superpone a deudas que están pendientes desde el siglo XX. Por un lado, los niveles de pobreza y la brecha profunda de ingresos, que tienen consecuencias educativas: el principal predictor de éxito educativo de una persona es el hogar del que proviene, su clima escolar, es decir, si sus padres terminaron o no el secundario.

En ese sentido, hay un dato alarmante: el 61% de la población mayor de 20 años en la Argentina no tiene título secundario. Para ellos y sus hijos el mundo educativo, y el del trabajo entonces, quedan más lejos. La pobreza material y educativa genera un círculo vicioso difícil de cortar. El poder del aparato escolar no es suficiente para romperlo.

Segundo, porque la urgencia y el largo plazo del desarrollo y la equidad corren por autopistas distintas que no necesariamente se encuentran. Para palear las urgencias educativas y laborales de los sectores con menores recursos que abandonan la escuela secundaria, la conversación social, que hoy tiene vocación tecnocrática, machaca con una educación secundaria orientada a lo técnico. Pero esas opciones tienen costos, el de reproducir al infinito las desigualdades sociales: cuánto más específica la educación básica, menos flexible la capacidad de adaptación a los cambios del entorno laboral.

No todo está perdido. Hay un consenso creciente de que la escuela debe concentrarse en dos tipos de habilidades que fueron su foco histórico, las cognitivas y las socio emocionales. Esas son la base del aprender a aprender, la garantía de la movilidad social. Se trata de volver a las fuentes pero con nuevas pedagogías para trazar el camino educativo que beneficia tanto a chicos pobres como a los otros.

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Fuente: La Nación. “La Educación para el Trabajo en un Futuro Incierto” Online: http://www.lanacion.com.ar/1945207-la-educacion-para-el-trabajo-en-un-futuro-incierto. 09/10/2016.

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